El “Juan Valdez” de Santos

Jairo Chamorro, Pasto, agosto 23 de 2010

En el discurso de posesión, el presidente Santos anuncio hacer de cada campesino colombiano un próspero “Juan Valdez”. Quienes desde los campos lo escucharon y conocen que históricamente las grandes exportaciones de café le han traído significativas bonanzas al país, pueden haber quedado envueltos por ciertos atisbos de esperanza, avivados por el optimismo renovador del cambio de gobierno. Sin embargo, hay que ver más allá del espejismo, pues esta aseveración constituye una osadía que supera la estricta comparación, ya que en el fondo, Santos se refiere al modelo de desarrollo agropecuario que se ejecutará durante su mandato, el cual será fiel copia del que promovió Uribe y sus más recientes predecesores, ya que se encuentra enmarcado por las líneas del neoliberalismo. Por ello, sin echar en saco roto la experiencia histórica, con firme seguridad se puede decir que pensar en un campo colombiano prospero y desarrollado durante el gobierno santista, no es más que una pueril ilusión.
Hay personas del agro y de otros sectores, quienes a pesar de ser concientes de su ruinosa situación, dejándose maravillar por la deliciosa impunidad que genera el desorden colectivo, y sin percatarse, aprecian de manera errónea que la solución a sus dificultades se encuentra en el cambio de ministros, la correcta aplicación de políticas pasadas, la profundización de las más “importantes” de ellas, y la creación de otras, que encajarán dentro del gran rompecabezas de la economía neoliberal.
En el caso del Ministerio de Agricultura, sería absurdo decir que el del nuevo Presidente no representa ningún cambio respecto a los anteriores. Si se compara el envenenado aire que dejan los ministros del expresidente Uribe, cuyas pruebas de corrupción llegaron a extremos intolerables, como el caso de Carimagua y Agro Ingreso Seguro, el reciente nombramiento de Juan Camilo Restrepo al frente de la cartera, definitivamente representa una nueva atmosfera. Pero también, igual de absurdo sería decir que la solución a los grandes problemas que azotan al campo colombiano radica en el relevo de ministros. Es del saber común, que los ministerios no se diseñan para medir que tan corrupto, torpe o buena gente es el nuevo designado. La verdadera finalidad es direccionar, aplicar y evaluar cierto tipo de políticas, y en este aspecto se equivocan quienes piensan que las cosas van a cambiar respecto al gobierno de Uribe.
El sector agropecuario nuevamente es empaquetado dentro del molde neoliberal. Este modelo, a la fecha, solo pude rendir cuentas a las gentes del campo, diciéndoles que de su totalidad el 75% se encuentran en la pobreza y el 30% en la miseria; que poseen uno de los peores coeficientes de concentración de tierra del mundo; que en tan solo 20 años se paso de importar 55 kg de comida por habitante a 221kg, poniendo en riesgo la soberanía alimentaria del país. Colombia se seguirá inundando de productos importados, que cada vez en mayor proporción remplazarán la producción nacional.
Haciendo el recuento, en los inicios de la apertura económica, los defensores del “libre comercio” amenazaban seriamente al mundo con inundarlo de alimentos. Dos décadas después, la realidad les espeta en sus propios rostros, que no solo fueron incapaces de incrementar los niveles de exportaciones al resto del mundo, sino que además, sus ventas en comparación a las de ese entonces, decrecieron. Las exportaciones de café, banano y flores –lo mismo de siempre– se estancaron. La mencionada prosperidad exportadora de “Juan Valdez” por ahora es un hecho del pasado.
Quienes defendieron esta política absurda, no pueden reconocerse sino la proeza de haber destruido el agro nacional. Los costos de entrar a competir bajo las reglas del “libre comercio” han sido inmensamente superiores a los beneficios recibidos. Con gran efectividad, de los suelos colombianos se erradicaron el trigo, el maíz, la cebada, y se asestaron golpes de muerte a los cárnicos, lácteos, oleaginosas y muchos productos más. Se ha perdido la capacidad para que los colombianos produzcan sus propios alimentos, y han quedado a expensas de voluntades ajenas.
Respecto a los TLC, ningún hombre razonable que haya tomado nota atenta de la historia se atrevería a decir que Colombia puede competir con Estados Unidos y la Unión Europea, no porque los colombianos nos falte coraje, sino porque ellos, en primer lugar, nos imponen un modelo que no lo aplican, y en segundo término porque poseen ventajas que se reflejan en sus precios realmente competitivos, puesto que se encuentran apoyados con inmensos subsidios, asistencia técnica y tecnológica de punta, y con garantías estatales que aquí ni siquiera se conocen, en aras de respetar un “libre comercio” que el Gobierno colombiano sí cumple al pie de la letra. Luego, afirmar que Colombia tendrá un sector agropecuario próspero y desarrollado dentro del modelo monoagroexportador, entregando el mercado interno a los extranjeros, constituye una solemne ilusión.
Sin antes defender la producción nacional, con todas las de la ley como lo hacen los países desarrollados, es verdaderamente suicida tratar de hacer de cada lechero, arrocero, o cerealero un próspero exportador Juan Valdez que se lance en gracia del libre comercio al mercado mundial a competir con feroces países exportadores.
El presidente Santos anunció, durante y después de su campaña, trabajar duro para concretar los TLC con Estados Unidos y la Unión Europea. La lógica es la profundización de la apertura de 1990, es decir, el recrudecimiento de las actuales políticas, pero ahora con el serio agravante de volverlas irreversibles. Para tal propósito, su Ministro de Agricultura y Desarrollo Rural, Juan Camilo Restrepo, ya anunció estrategias que facilitarán la acometida del presidente Santos. Por un lado propone continuar con Agro Ingreso Seguro, pero esta vez “mejorado”. Si en sus días los ministros de Uribe anunciaban el proyecto como “el motor para la competitividad que fortalecería la entrada en libre comercio”, ahora sin la menor alarma pasa a ser “la ayuda para los pequeños campesinos que serán afectados por el libre comercio”. Puede cambiar la forma, de la cual se hará tanta alharaca, pero su propósito es el mismo: servir de colchón para que el país acepte de manera sumisa los Tratados de Libre Comercio, y prosiga sin el menor despecho por el ineluctable camino de la ruina.
Por fortuna cada día crece el número de los colombianos que rechazan este tipo de políticas, como lo demostró el sector lácteo en los últimos días. Pocos pueden negar que las amplias masas de campesinos, indígenas, obreros, pequeños empresarios y grandes empresarios que se nutren del mercado interno, han acumulado una importante experiencia en estos temas, y con certeza en poco tiempo se convertirá en auténticas voces de rechazo al libre comercio neoliberal, que nadie podrá acallar. El desafío para quienes anhelan el progreso del sector agropecuario en Colombia no puede ser otro que luchar contra las ideas erróneas del neoliberalismo, para no solo buscar un Juan Valdez exportador próspero, sino un campesino productor próspero. Mientras ellas sigan, el mal presente inevitablemente empeorará.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *