Bienvenida de la OCE a los estudiantes de la Universidad del Atlantico

Al  emprender este nuevo recorrido en el arduo camino de nuestra existencia, al iniciar nuestra vida universitaria, traemos con nosotros bolsos y mochilas cargados de expectativas, deseos, esperanzas, anhelos, incluso ilusiones, pero sobre todo: Sueños por cumplir; sueños que vislumbran nuestras mentes y que se representan en sed de triunfos, en glorias por alcanzar. Son los sueños por transformar la cara de este angustioso presente, sueños por un mañana mejor, sueños por escribir una historia distinta en un país que se ha quedado sin memoria. Sueños que muchas veces quedan en eso, en quimeras inalcanzables, truncando su materialización las circunstancias en las que se desenvuelve el país y la universidad como un vivo reflejo -a menor escala- de aquel.

En estos tiempos donde sufrimos con rigor la imposición de una globalización excluyente y retardataria, en los cuales el desarrollo de un país es medido con base en indicadores económicos, sociales y políticos; la educación (específicamente la universitaria) constituye un elemento fundamental para el progreso de cualquier país. Debemos saber que son aquellos países industrializados y económicamente más avanzados, los que hoy en día le apuestan a la educación superior como mecanismo para mantener vigente su poderío y seguir avanzando en los niveles tanto de desarrollo como de productividad, esto se refleja al observar que son precisamente dichos países quienes más recursos invierten en la generación de conocimiento, llegando a alcanzar un 3% de su PIB (Producto Interno Bruto). Pero, por otro lado encontramos los llamados países en desarrollo, cuya inversión en el sector educativo es minúscula y no alcanza siquiera el 1% de su PIB; y entre estos países, el nuestro es vergonzosamente uno de los más rezagados en este aspecto, puesto que su inversión en este sector escasamente logra el 0.4% del PIB, por lo cual podemos determinar con facilidad el por qué de la situación real de nuestra educación.

En la actualidad política y social de nuestro país vemos como la educación pública ha sido relegada a un segundo, tercer… o mejor cuarto plano, colocando por encima de ella intereses económicos de multinacionales y potencias extranjeras que intervienen directamente en las decisiones que deberíamos tomar autónomamente, a través de entes como el FMI y el Banco Mundial, afianzando de esta forma un modelo de educación neoliberal, en el cual el Estado se preocupa cada día menos por forjar ciudadanos que impulsen el desarrollo de la nación, engrosando las filas del denominado ejército de reserva laboral (desempleados), para favorecer los intereses del capital financiero, accediendo a mano de obra calificada y muy barata.

En los últimos años el sistema educativo colombiano ha venido sufriendo andanadas privatizadoras, que limitan nuestro derecho constitucional a la educación, los más recientes son el recorte a las transferencias, y el proyecto de reforma a la ley 30, ley de educación superior, contra la cual el movimiento estudiantil se ha levantado en oportunidades pasadas, pero que hoy tiene que defender aquellos elementos democráticos que mantiene e intentan acabar como la autonomía universitaria, acorralando cada vez mas a la universidad pública, acercándonos precipitadamente a su desaparición. Y claro está, que la Universidad del Atlántico no constituye la excepción de esta situación, por el contrario es el mejor (o peor) retrato de esta cruda realidad.

Que tozuda y virulenta es la realidad que hoy enfrenta nuestra universidad, hoy no sabemos si reírnos o más bien llorar. Inmersa en una profunda crisis en todos sus órdenes: Asfixiada económicamente; con matrículas extremadamente elevadas en comparación a otras universidades públicas del país;  con una calidad académica por el suelo, lo cual no puede ser producto de otra cosa, que de los malos manejos administrativos y del paupérrimo incentivo para la investigación, el arte, la cultura y el deporte (elementos esenciales de un aprendizaje integral). Todo esto, sin hablar de  la “democracia” interna, que a todas luces no existe; y esta no podría ser calificada de otra manera que de falacia retórica, porque no podemos hablar de democracia en una universidad donde sus estamentos fundamentales no son escuchados y no pueden expresar su opinión libremente sin ser estigmatizados y perseguidos. La única democracia que existe en la universidad es la democracia de bolsillo, en la cual predominan los intereses particulares, la politiquería; el lagartismo y la corrupción; es esa democracia representada por los llamados cuerpos colegiados, donde existen “representantes estudiantiles”, que de eso solo tienen el nombre; no representan mas que sus mezquinos intereses, capaces de venderse al mejor postor. Esa es la única democracia que existe en nuestra alma mater, una democracia establecida por una Rectora impuesta desde las mas altas esferas del poder público, y respaldada por las grandes mayorías del Consejo Superior al ser elegida rectora en propiedad por tres años más, con el beneplácito de Franklin Ortega “representante estudiantil” ante el Consejo Superior, que sin sonrojarse paso por encima del sentir estudiantil y votó por Ana Sofía Meza, ejecutora de muchas desgracias para el estudiantado de esta alma mater.

Nos entristece en verdad, no poderles dar una bienvenida a la Universidad en este nuevo año académico resaltando aspectos positivos de ella, pero sería perjudicial mentirles; además pensamos que la realidad siempre es mejor enfrentarla, por eso hoy los conminamos a no desfallecer en sus esfuerzos por materializar ese sueño común de alcanzar una verdadera educación pública al servicio de nuestra sociedad.


Escríbenos / Comenta / Opina: oce.atlantico@gmail.com 

¡La unidad nos hace grandes, la organización nos hace fuertes, y la lucha nos hace libres!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *