Desafortunadamente no existe ningún tipo de reconocimiento ceremonioso para graduaciones como esta: la de ser, y no sólo ser, sino también hacer, y hacer, en función de querer ir más allá de lo establecido: más allá de lo admitido por el statu quo vigente de una sociedad que, como la nuestra, aún se resigna a padecer la ignominiosa circunstancia del atraso y la sojuzgación, de la cual es presa por el eco de voces que, como en el poema de Bertolt Brecht, dicen: “Todo seguirá igual, pues hasta ahora, se ha oído solo la voz de los dominadores.”
Nosotros, los estudiantes, que siempre hemos sido levadura de cambios, hemos tenido, en el estudio y la educación, un medio capaz de abatir la resignación que nos condena a vivir como un pueblo dominado y humillado.
En la universidad, tanto por dentro de sus muros como por fuera, vimos y aprendimos, que mientras la ralea de neoliberales criollos siga ostentando el poder en Colombia, los ciudadanos de la nación entera no tendrán más remedio que seguir presenciando como sus bienes, su trabajo, sus derechos y dignidad, son arrebatados por quienes deberían garantizarles el bienestar social y la prosperidad económica.
En la universidad, vimos y aprendimos, cómo el país es entregado a las multinacionales y poderes extranjeros, que no sólo saquean nuestros recursos naturales y materias primas, sino que atropellan y masacran a nuestros compatriotas, ya sea mediante la represión directa o la dictadura económica. También aprendimos: que el pueblo no goza de derechos y libertades, que todo es un artificio bien montado para hacerle creer, al pueblo, que vive en una aparente democracia.
Hemos visto, en la universidad, la carencia en todos sus órdenes: la falta de recursos públicos para financiar la educación, la falta de libros, profesores, etc. Hemos sido, igualmente, víctimas de la privatización y de un modelo educativo que nos brinda una formación mediocre, con la cual, no seremos capaces de sacar el país adelante.
Pero en la universidad, también aprendimos, a ver el mundo con ojos altaneros y llenos de necesidad de revoluciones implacables, [sic] de revoluciones que nos saquen de la miseria en la que vivimos. Aprendimos a luchar y entendimos que defenderse era un deber ante la barbarie institucionalizada del libre comercio y los TLC’s que arruinan la producción y el trabajo y hacen que los colombianos tenga que soportar el drama de tener que pedir en los semáforos, o de morirse en las entradas de los hospitales, o de tener que dormirse para engañar el hambre y la desesperanza.
En la universidad, aprendimos que había que luchar para defender lo público y la universidad pública. Y fuimos, por esa vía, comprendiendo la importancia de lo social, la democracia y la soberanía.
En la universidad ¡Hemos sido nosotros! ¡Los estudiantes!, los auspiciadores de paros, marchas, foros, asambleas y elecciones estudiantiles. Con nuestros actos pacíficos y civilizados, en la universidad, dentro de sus muros y por fuera de ellos, denunciamos las reformas y las imposiciones del gobierno. Fuimos solidarios con los obreros en huelga, los campesinos en las carreteras del país, los indígenas, los maestros y los empresarios colombianos que también luchan, como nosotros, por defender una Colombia para los colombianos.
En la universidad… no solo hemos debatido los problemas de la academia, sino que hemos emprendido un camino, [sic] nosotros, los estudiantes, los que queremos que las voces que se oigan en el país no sigan siendo las voces de los dominadores sino que pronto hablen los dominados.
Por eso, hoy no nos habremos graduado, pues no habrá acto ceremonioso que concluya lo que apenas hemos comenzado. Y esto: ha sido y será, nuestra obra maestra.
Sergio Álvarez y Saulo Lizarazo
