Por: Cecilia Orozco. Periodista. Actual directora de Noticias Uno y columnista de El Espectador.
Estos muchachos les dieron una lección política a los veteranos mañosos de la vida pública.
Quienes creen que la movilización estudiantil colombiana de 2011 surgió espontáneamente o que se esfumará con la llegada de 2012, están equivocados. Esa protesta creciente que sorprendió a los momificados colombianos incapaces de rebelarse ante las arbitrariedades, encuentra sus raíces en las briosas organizaciones universitarias de las décadas de los 70 y los 80. Entonces, los gobiernos de la época tomaron el camino de la represión violenta a diferencia del actual, que prefirió calmar los ánimos retirando la reforma al sistema de educación superior (Ley 30 de 1992), que le había presentado al Congreso, antes de que se le creciera el enano del inconformismo social.
Lo cierto es que el presidente Santos y su novel ministra jamás calcularon la reacción que generaría su propuesta. En marzo, sin mucha bulla, la administración la había formulado, previas reuniones con estamentos del sector. Pero ante lo que consideraron una amenaza a sus derechos, los universitarios, que tenían grupos locales de trabajo sin más pretensiones que participar en la toma de decisiones de sus centros de estudio, encontraron canales de comunicación nacional para expresar su desacuerdo. Fue así como los líderes de las universidades públicas más representativas convocaron a un encuentro general en Bogotá, en el tradicional campus de la 30 con 45. Fue en ese escenario donde empezó a armarse la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE).
Con un sentido participativo que ya quisieran para sí los partidos, los estudiantes se repartieron las tareas sin vanidades individuales: mesa de articulación nacional, mesa de movilizaciones y mesa programática. El esquema funcionó. No sólo nació la voluntad de incidir en la construcción de una reforma alternativa, sino que empezó a estructurarse un gran movimiento en caso de que, tal como sucedió, el Ejecutivo se hiciera el sordo e impulsara con su coalición parlamentaria sus intenciones. El 7 de abril, el jefe de Estado y la ministra Campo quedaron boquiabiertos. El sueño incumplido de los políticos, de llenar la Plaza de Bolívar y otras plazas municipales, fue hecho realidad por estos imberbes que supieron romper la apatía de 32 universidades públicas, parte de las privadas, algunos colegios y, por si fuera poco, de profesores, pensionados y sindicatos.
Fue el primer campanazo y los anuncios de peticiones “inamovibles”: darle tratamiento de derecho fundamental a la educación y, por lo tanto, eliminar los artículos del proyecto que proponía: crear universidades con ánimo de lucro; dar créditos, pero con pagos pactados a futuro y con posibilidad de cobros coactivos; generar “autonomía” económica, es decir, que cada centro tuviera que buscar sus recursos, entre otros polémicos puntos. En su lugar, la Mesa Estudiantil pidió: autonomía universitaria sin interferencia externa; financiación estatal, calidad del servicio, garantías de bienestar estudiantil y “libertades democráticas”.
Sin embargo, el Gobierno no iba a ceder tan fácil. La reforma fue radicada, en octubre, en las Comisiones Sextas que estaban dispuestas a aprobarla a pupitrazo. No contaba con la persistencia de la MANE.
Para cuando la Casa de Nariño presentó el proyecto, los estudiantes tenían listo un paro que se activó como un reloj suizo. Se llenaron las calles el 7, 12 y 26 de octubre; se realizó la denominada marcha de las antorchas el 3 de noviembre, y la “toma de Bogotá” el 10. Dos hechos insólitos ocurrieron en esas jornadas: 1° El pacifismo de las mismas, con abrazos a los desconcertados agentes; besos entre parejas, obras de teatro, música y baile. 2° La inteligente maniobra del Ejecutivo que un día antes de la manifestación del 10 de noviembre —que reunió a 15 mil personas en Bogotá y a varios centenares en 7 ciudades más— retiró la reforma y garantizó la participación estudiantil en una diferente. No obstante, la MANE sigue asignando labores y pronto elegirá a su dirigencia nacional. La lección que los nuevos ciudadanos de Colombia les han dado a los veteranos mañosos de la vida pública está servida. Éstos verán si aprenden y cambian o si, como reza el sabio refrán, los cambian.
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Cecilia Orozco. Periodista. Actual directora de Noticias Uno y columnista de El Espectador. | Elespectador.com

