Juan Pablo Fernández M., Bogotá, abril 12 de 2011
I
La reunión entre Santos y Obama resonó con alborozo en la gran prensa colombiana. “Luz verde al TLC”, título El Espectador. El Tiempo, “Obama da luz verde al TLC con Colombia.”. Se dice que de la cita salió una hoja de ruta que garantiza la aprobación del acuerdo en el Congreso norteamericano. Pero en los documentos publicados por la Casa Blanca, no existe ninguna alusión de la que se concluya que una vez cumplido lo “pactado” se le dará trámite legislativo al TLC en Estados Unidos. Según El Espectador (abr.08.11), Obama “no se casó con ninguna fecha públicamente.”
En la rueda de prensa Obama afirmó: “hemos llegado al acuerdo de un plan de intereses laborales que servirá como avance para un futuro tratado de libre comercio. Evidentemente hay mucho trabajo para que este plan sea una realidad. Continuaremos trabajando juntos.” Quien de la frase concluya que el gobierno norteamericano le presentará a su Congreso el TLC este año, piensa con el deseo. Obama, que aspira a reelegirse, es presa de dos presiones: la de las trasnacionales que quieren el acuerdo y la del pueblo norteamericano, entre el cual el rechazo al “libre comercio” no cesa de crecer –el 57 por ciento de los norteamericanos no respalda estas políticas–. La AFL-CIO, principal central sindical estadounidense, aseguró que mantiene su oposición al acuerdo comercial con Colombia, lo que en tiempos electorales pone en duda el trámite del “pacto” en el Congreso de allá.
Tres son los documentos que emanaron de la reunión de marras. En materia laboral ratifican derechos vigentes en el país desde hace lustros, lo que no ha sido es óbice para su violación por vías legales y extralegales. Estados Unidos y Colombia respetarán los cinco derechos fundamentales de los trabajadores según la Organización Internacional del Trabajo: Libertad de asociación, derecho a la negociación colectiva, eliminación de todas las formas de trabajo forzado u obligatorio, abolición del trabajo infantil y, eliminación de la discriminación laboral y ocupacional por motivos de sexo, raza y otros factores. Además se dice que se les prohibirá a las Cooperativas de Trabajo Asociado, CTA, efectuar intermediación laboral, restricción que siempre ha existido. Numerosas sentencias de la Corte Constitucional lo ratifican. El gobierno, entonces, nos ofrece cumplir lo que le manda la ley y la Constitución. ¿No fue eso lo que hicieron el doctor Santos y sus ministros el 7 de agosto de 2010?
Agregan los documentos publicados por la Casa Blanca que se implementarán acciones tendientes a proteger la vida de los sindicalistas y a judicializar a quienes cometan crímenes en su contra. Ojalá esto sea una realidad y no se convierta en una de esas promesas que se lleva al viento. Sin embargo, si en Colombia existiera un paraíso laboral donde no hay restricción al derecho de asociación, sin el sistema de contratistas y sin la intermediación laboral de las CTA, la oposición al TLC continuaría. No porque sea un negocio con Estados Unidos u otro país, sino porque ese tratado es un mal negocio para los colombianos. Como escribiera Stiglitz hablando de este TLC: “es mejor no tener tratado a tener un mal tratado.” Y el negociado con Estados Unidos es un pésimo tratado.
Con la reunión se anunciaron también leyes o resoluciones que mejorarán la protección de los derechos de los trabajadores. Ya veremos, pues de los textos habrá que conocer los detalles, que es donde se esconde el diablo. Los capítulos laboral y medio ambiental del TLC autorizan al gobierno colombiano desmejorar su legislación interna en aras de los negocios. Que no se diga que por el TLC mejorará el mundo laboral, pues no existe peor escenario laboral que aquel donde reinan el desempleo y la informalidad, lastres a los que el acuerdo agregará más peso.
II
“Colombia es un socio clave en las Américas y más allá, y es un socio que apoya abrumadoramente los intereses de EE.UU”, afirma el comunicado de la Casa Blanca. Y agrega que Colombia apoya al imperio en “enfrentar la continua inseguridad en Colombia y más allá.” Los gobiernos colombianos nos han convertido en un peón del ajedrez mundial, el cual se mueve en favor de cosas tan deleznables como la lucha contra el terrorismo o las falsas ayudas humanitarias, argumentos que Estados Unidos usa de excusa para intervenir militarmente en Afganistán, Irak y Libia.
“La eventual aprobación del [TLC entre Colombia y EU] brindará más empleos en Estados Unidos, aumentará las exportaciones de EE.UU, y mejorará la competitividad de EE.UU. El Acuerdo también eliminará importantes barreras de mercado de Colombia, y es crucial para mantener la participación de EE.UU dentro de este importante mercado.” Con estas frases, reiterativas en los tres documentos emanados de la reunión entre Santos y Obama, se ratifica la idea de que los ganadores del acuerdo son las multinacionales norteamericanas y la mayoría de los colombianos, quienes padecerán sus rigores.
El TLC con Estados Unidos arruina a estratégicos renglones del agro, empobreciendo a campesinos, empresarios, trabajadores e indígenas que devengan su ingreso de labrar la tierra en productos como el arroz, el trigo, el maíz, la leche, la producción de carne vacuna, pollo y porcina, entre otros. Mientras nuestro clima permite la producción de todos los géneros agrícolas se nos impone especializarnos en bienes tropicales, como lo establece el Plan Colombia, y a Estados Unidos se le da el poder de proveer parte importante de la dieta básica de los colombianos, cediéndole nuestra soberanía alimentaria. ¿Qué será capaz de hacer el gobierno estadinense el día que en la Casa de Nariño se instale un gobierno que no satisfaga sus intereses? ¿Nos dejará de vender comida?
A los campesinos, por ejemplo, el acuerdo les traerá pérdidas que se sumarán a las de la apertura. En el país existen 1,4 millones de hogares campesinos, el 10 por ciento del total de los hogares. El 68 por ciento de ellos tiene ingresos por debajo del salario mínimo. La economía campesina abarca el 47 por ciento del área cosechada en cultivos transitorios y el 50 por ciento de su producción. Y en los cultivos permanentes aporta el 56 por ciento del área cosechada y el 48 por ciento de su producción. El 68 por ciento de la producción agrícola del país es predominantemente campesina. Según cálculos de Garay, Barberi y Cardona el TLC con EU disminuiría en 16 por ciento el ingreso neto de hogares campesinos. Para el 28 por ciento de estos productores, equivalentes a 386 mil hogares (1,54 millones de personas), el ingreso total caería entre el 45 y el 31 por ciento. Hambre y pobreza es lo que depara el TLC.
En el caso de la industria, los renglones desaparecidos por la apertura económica no resurgirán, a otros también se les arruinará y se nos especializará en la maquila, que tiene en su base a los bajos salarios. Se destruye la integración comercial lograda con los vecinos andinos. Se nos dejará en la barbaridad científica, alejando más la posibilidad de movernos en el futuro en la producción de bienes complejos. Millones de colombianos no podrán acceder a los medicamentos pues el acuerdo los encarecerá en 800 millones de dólares al año. El gran capital gringo se tomará parte de las compras estatales, desplazando al empresariado nacional que vive de los contratos estatales. Las compañías de telecomunicaciones serán tomadas por el capital foráneo, con el consecuente aumento tarifario que acompaña este tipo de operaciones.
Los inversionistas norteamericanos, con figuras como la expropiación indirecta y el preestablecimiento, tendrán en suelo patrio más derechos económicos que los colombianos y sus litigios no los resolverá nuestra justicia sino tribunales internacionales, como el CIADI, en el que un país atrasado nunca ha ganado un pleito. El mercado de los servicios será tomado por las trasnacionales norteamericanas. En tiempos de crisis económica profunda, en las que pueden surgir problemas de balanza de pagos, el acuerdo nos cercena la posibilidad de tomar medidas heroicas (denominadas cláusula de balanza de pagos), con las que se evitan, por ejemplo, la extensión de los perversos efectos de ataques especulativos.
El centro del debate sobre el TLC no está en la existencia de relaciones económicas, políticas y sociales con Estados Unidos, sino, por el contrario, en la forma que adoptan. Ello sin olvidar quién es nuestra contraparte: EU, el mayor imperio de la historia de la humanidad; la gran superpotencia, como la denominan los tanques de pensamientos de allá. Con el TLC, Estados Unidos nos propone una alianza: la del pájaro con el plátano maduro. Ellos son el pájaro, nosotros el plátano.
La reunión entre Santos y Obama resonó con alborozo en la gran prensa colombiana. “Luz verde al TLC”, título El Espectador. El Tiempo, “Obama da luz verde al TLC con Colombia.”. Se dice que de la cita salió una hoja de ruta que garantiza la aprobación del acuerdo en el Congreso norteamericano. Pero en los documentos publicados por la Casa Blanca, no existe ninguna alusión de la que se concluya que una vez cumplido lo “pactado” se le dará trámite legislativo al TLC en Estados Unidos. Según El Espectador (abr.08.11), Obama “no se casó con ninguna fecha públicamente.”
En la rueda de prensa Obama afirmó: “hemos llegado al acuerdo de un plan de intereses laborales que servirá como avance para un futuro tratado de libre comercio. Evidentemente hay mucho trabajo para que este plan sea una realidad. Continuaremos trabajando juntos.” Quien de la frase concluya que el gobierno norteamericano le presentará a su Congreso el TLC este año, piensa con el deseo. Obama, que aspira a reelegirse, es presa de dos presiones: la de las trasnacionales que quieren el acuerdo y la del pueblo norteamericano, entre el cual el rechazo al “libre comercio” no cesa de crecer –el 57 por ciento de los norteamericanos no respalda estas políticas–. La AFL-CIO, principal central sindical estadounidense, aseguró que mantiene su oposición al acuerdo comercial con Colombia, lo que en tiempos electorales pone en duda el trámite del “pacto” en el Congreso de allá.
Tres son los documentos que emanaron de la reunión de marras. En materia laboral ratifican derechos vigentes en el país desde hace lustros, lo que no ha sido es óbice para su violación por vías legales y extralegales. Estados Unidos y Colombia respetarán los cinco derechos fundamentales de los trabajadores según la Organización Internacional del Trabajo: Libertad de asociación, derecho a la negociación colectiva, eliminación de todas las formas de trabajo forzado u obligatorio, abolición del trabajo infantil y, eliminación de la discriminación laboral y ocupacional por motivos de sexo, raza y otros factores. Además se dice que se les prohibirá a las Cooperativas de Trabajo Asociado, CTA, efectuar intermediación laboral, restricción que siempre ha existido. Numerosas sentencias de la Corte Constitucional lo ratifican. El gobierno, entonces, nos ofrece cumplir lo que le manda la ley y la Constitución. ¿No fue eso lo que hicieron el doctor Santos y sus ministros el 7 de agosto de 2010?
Agregan los documentos publicados por la Casa Blanca que se implementarán acciones tendientes a proteger la vida de los sindicalistas y a judicializar a quienes cometan crímenes en su contra. Ojalá esto sea una realidad y no se convierta en una de esas promesas que se lleva al viento. Sin embargo, si en Colombia existiera un paraíso laboral donde no hay restricción al derecho de asociación, sin el sistema de contratistas y sin la intermediación laboral de las CTA, la oposición al TLC continuaría. No porque sea un negocio con Estados Unidos u otro país, sino porque ese tratado es un mal negocio para los colombianos. Como escribiera Stiglitz hablando de este TLC: “es mejor no tener tratado a tener un mal tratado.” Y el negociado con Estados Unidos es un pésimo tratado.
Con la reunión se anunciaron también leyes o resoluciones que mejorarán la protección de los derechos de los trabajadores. Ya veremos, pues de los textos habrá que conocer los detalles, que es donde se esconde el diablo. Los capítulos laboral y medio ambiental del TLC autorizan al gobierno colombiano desmejorar su legislación interna en aras de los negocios. Que no se diga que por el TLC mejorará el mundo laboral, pues no existe peor escenario laboral que aquel donde reinan el desempleo y la informalidad, lastres a los que el acuerdo agregará más peso.
II
“Colombia es un socio clave en las Américas y más allá, y es un socio que apoya abrumadoramente los intereses de EE.UU”, afirma el comunicado de la Casa Blanca. Y agrega que Colombia apoya al imperio en “enfrentar la continua inseguridad en Colombia y más allá.” Los gobiernos colombianos nos han convertido en un peón del ajedrez mundial, el cual se mueve en favor de cosas tan deleznables como la lucha contra el terrorismo o las falsas ayudas humanitarias, argumentos que Estados Unidos usa de excusa para intervenir militarmente en Afganistán, Irak y Libia.
“La eventual aprobación del [TLC entre Colombia y EU] brindará más empleos en Estados Unidos, aumentará las exportaciones de EE.UU, y mejorará la competitividad de EE.UU. El Acuerdo también eliminará importantes barreras de mercado de Colombia, y es crucial para mantener la participación de EE.UU dentro de este importante mercado.” Con estas frases, reiterativas en los tres documentos emanados de la reunión entre Santos y Obama, se ratifica la idea de que los ganadores del acuerdo son las multinacionales norteamericanas y la mayoría de los colombianos, quienes padecerán sus rigores.
El TLC con Estados Unidos arruina a estratégicos renglones del agro, empobreciendo a campesinos, empresarios, trabajadores e indígenas que devengan su ingreso de labrar la tierra en productos como el arroz, el trigo, el maíz, la leche, la producción de carne vacuna, pollo y porcina, entre otros. Mientras nuestro clima permite la producción de todos los géneros agrícolas se nos impone especializarnos en bienes tropicales, como lo establece el Plan Colombia, y a Estados Unidos se le da el poder de proveer parte importante de la dieta básica de los colombianos, cediéndole nuestra soberanía alimentaria. ¿Qué será capaz de hacer el gobierno estadinense el día que en la Casa de Nariño se instale un gobierno que no satisfaga sus intereses? ¿Nos dejará de vender comida?
A los campesinos, por ejemplo, el acuerdo les traerá pérdidas que se sumarán a las de la apertura. En el país existen 1,4 millones de hogares campesinos, el 10 por ciento del total de los hogares. El 68 por ciento de ellos tiene ingresos por debajo del salario mínimo. La economía campesina abarca el 47 por ciento del área cosechada en cultivos transitorios y el 50 por ciento de su producción. Y en los cultivos permanentes aporta el 56 por ciento del área cosechada y el 48 por ciento de su producción. El 68 por ciento de la producción agrícola del país es predominantemente campesina. Según cálculos de Garay, Barberi y Cardona el TLC con EU disminuiría en 16 por ciento el ingreso neto de hogares campesinos. Para el 28 por ciento de estos productores, equivalentes a 386 mil hogares (1,54 millones de personas), el ingreso total caería entre el 45 y el 31 por ciento. Hambre y pobreza es lo que depara el TLC.
En el caso de la industria, los renglones desaparecidos por la apertura económica no resurgirán, a otros también se les arruinará y se nos especializará en la maquila, que tiene en su base a los bajos salarios. Se destruye la integración comercial lograda con los vecinos andinos. Se nos dejará en la barbaridad científica, alejando más la posibilidad de movernos en el futuro en la producción de bienes complejos. Millones de colombianos no podrán acceder a los medicamentos pues el acuerdo los encarecerá en 800 millones de dólares al año. El gran capital gringo se tomará parte de las compras estatales, desplazando al empresariado nacional que vive de los contratos estatales. Las compañías de telecomunicaciones serán tomadas por el capital foráneo, con el consecuente aumento tarifario que acompaña este tipo de operaciones.
Los inversionistas norteamericanos, con figuras como la expropiación indirecta y el preestablecimiento, tendrán en suelo patrio más derechos económicos que los colombianos y sus litigios no los resolverá nuestra justicia sino tribunales internacionales, como el CIADI, en el que un país atrasado nunca ha ganado un pleito. El mercado de los servicios será tomado por las trasnacionales norteamericanas. En tiempos de crisis económica profunda, en las que pueden surgir problemas de balanza de pagos, el acuerdo nos cercena la posibilidad de tomar medidas heroicas (denominadas cláusula de balanza de pagos), con las que se evitan, por ejemplo, la extensión de los perversos efectos de ataques especulativos.
El centro del debate sobre el TLC no está en la existencia de relaciones económicas, políticas y sociales con Estados Unidos, sino, por el contrario, en la forma que adoptan. Ello sin olvidar quién es nuestra contraparte: EU, el mayor imperio de la historia de la humanidad; la gran superpotencia, como la denominan los tanques de pensamientos de allá. Con el TLC, Estados Unidos nos propone una alianza: la del pájaro con el plátano maduro. Ellos son el pájaro, nosotros el plátano.
