Camilo López, Organización Colombiana de Estudiantes – OCE- Universidad Libre
Grupo Actúa Libre
Los últimos años de la historia de Colombia parecen revivir los relatos del realismo mágico de Gabo; extraordinarias tierras perdidas en el tiempo, como Macondo, que se salen de la compresión de la imaginación. Colombia se ha convertido en el pasmoso paraíso de quien la observa, y a la vez, en la trágica pesadilla de quienes la viven. Este mágico país parece haberse convertido, desde la apertura comercial, en el lugar predilecto de inversionistas y grandes capitales, que han encontrado en sus gobernantes los más cálidos servidores y en sus políticas económicas su principal sustento.
Con los gobiernos de Uribe se ratificó y consolidó una muy publicitada y alabada política económica que buscaba atraer capitales foráneos con la idea de revivir una industria que dejo de existir y un campo que se desdibuja. Esta política fue llamada “la confianza inversionista” que trajo al país grandes capitales, que sin pensarlo, dieron a nuestro país una especie de “aprobación” y aire de confiabilidad. Lo que no se dice es que este voto de confianza lo depositaron porque el inquilino de la Casa de Nariño prometió a nuestros “intrépidos” inversionistas extranjeros grandes ganancias. Millones de dólares danzaron sin restricción, y con la tutela de un gobierno, hizo de su estadía, la más loable empresa para sus intereses. Según datos de Portafolio, la Inversión Extranjera Directa (IED) en Colombia fue, en el año de 2010, de 3.067 millones de dólares, destinando el 86,2% de ésta a la minería y el petróleo.
Con la Confianza Inversionista se intensificó la explotación de nuestros recursos naturales por parte de “amables” multinacionales, quienes recuerdan a aquellos gratos españoles que llegaron a nuestras tierras y nos prometieron “civilizarnos”. Y al igual que éstos, nos prometieron desarrollo, prosperidad y tranquilidad, pero que con el trasegar de los años solo nos han dejado pobreza, iniquidad y perturbación, como en los casos del Cerrejón y de Campo Rubiales.
El Gobierno de entonces prometió cuidar la IED en nuestro país, reduciendo los rubros en impuestos y regalías, calcula La Verdad, en su edición del 30 de Noviembre de 2011, que los beneficios en la última década son de 31,7 billones de pesos. En el caso del petróleo, pasamos de un contrato de asociación (que garantizaba la participación de Ecopetrol en toda explotación), a un contrato de concesión que cede todos los derechos de explotación a capitales privados, propuesta que fue bien vista por poderosos agentes económicos y financieros como Pacific Rubiales Energy y otras tantas petroleras. En el caso de la minería, la Drummond y la Greystar, entre otras, han incrementado sus ganancias considerablemente en nuestro país, producto de una incesante explotación. Y no felices con esto, el buen gobierno ofreció vender, o en palabras de ellos “democratizar”, a Ecopetrol diciendo que es más equitativo que unos cuantos sean dueños y no la Nación.
De esta corta reflexión queda entonces una gran duda, ¿de quién es el dinero? Según las cifras de Proexport en el año 2010, el 39% de la inversión es de Estados Unidos, el 19% de Angilla, 12% de Panamá, el 6 % de Bermudas, entre otros. Ver a Estados Unidos no parece extraño, aunque sí alarmante ya que al parecer el destino de nuestra nación está atribuido e iluminado por la esplendorosa Estrella del Norte. Lo extraño es darse cuenta que el 37% de la IED pertenece a “paraísos fiscales” cuyos capitales golondrinas van a donde mayor rentabilidad exista y especular puedan. Esta fue la confianza inversionista de Uribe, quien prometió revivir la industria, aunque no generó ningún avance en este sector, y del agro ni hablar.
El gobierno Santos, que asumió con la promesa de cuidar los “huevitos” de Uribe, continúo con la política de Confianza Inversionista. Esta administración definió a la minería y el petróleo como una de sus “locomotoras del progreso”, cosa nada distinta que la hecha por su antecesor. A comparación del año 2010, en el 2011 solo se redujo en 1% la inversión total sobre la IED, colocando a este sector como el más apetecido por los inversionistas extranjeros, y dejando a la industria con solo el 8% y al agro con el 0.2%, según cifras de Proexport. Mientras que el sector minero-energético del país crece exponencialmente producto de la inversión, la industria nacional y el campo no son ni si quiera apuntados por el gobierno como “locomotoras”. Parece ser anacrónica la historia de Colombia, porque tal fue el destino de las colonias españolas en el “nuevo mundo”, de nuestras tierras extraían el oro y dejaban la pobreza, solo que ahora no solo se llevan el oro sino todos nuestros recursos naturales.
Esta política económica nos ha condenado por ser dueños de una riqueza que parece ser para otros, profundizando una explotación para saciar las necesidades foráneas de aquellos “amables” inversionistas. Solo para retratar un ejemplo de esta explotación veamos lo que ha pasado con el petróleo: progresivamente se ha intensificado la extracción del crudo en nuestro país, redondeando la cifra de 1 millón de barriles diarios, a pesar de que solo se necesitan 300 mil. Con esta dramática extracción de “oro negro” se ha calculado que en 5 o 6 años Colombia dejará de ser productor para ser importador del tan anhelado hidrocarburo. Y ni qué decir de la minería que en el caso del Cerrejón, la mina a cielo abierto más grande del mundo, ha condenado a toda una región a una hecatombe ambiental y social.
Pero no se preocupen que esta historia ha de cambiar, va a pasar de ser mala a ser aun peor. La danza de los millones traída por los inversionistas, ha ocasionado gran inestabilidad dentro de nuestra economía, la especulación frente a la divisa, producto de la fuerte emisión de dólares de Estados Unidos, ha ocasionado un escenario de revaluación que reduce la competitividad de nuestro mercado en relación a los demás. Los exportadores han visto sobre sí la espada de Damocles, ya que su fervorosa fe en el capital extranjero es también es la causa de su odisea.
Quienes ahora callan son los importadores, astutos sujetos que han visto en el declive de nuestra economía nacional la principal forma de engrosar sus bolsillos. Se podría llegar a decir que la Confianza Inversionista es un arma de doble filo, ya que por un lado extrae nuestros recursos y además arruina la competitividad de nuestros sectores exportadores, y eso sin mencionar las implicaciones de las TLC’s que entraran en vigencia en nuestro país.
Pero hay un tema que aún no ha salido a la luz del debate, que el Senador Robledo y Aurelio Suárez han advertido repetidamente, y es la fuga de capitales. El honorable doctor Echeverry anda pregonado por todos lares las grandes sumas de dinero que llegan para garantizar nuestro desarrollo, pero lo que nunca ha mencionado es cuántos de ellos abandonan el país con astronómicas ganancias. Existe en el momento un déficit en la balanza de cambio, lo que significa que por cada 93 centavos de dólar que entran al país, sale 1 dólar. Esto me recuerda a uno de los tantos debates calurosos que tuvo que desarrollar el Senador Robledo en el Honorable Congreso de la República, en donde dijo que la inversión extranjera ha construido dólar-ductos para extraer sus ganancias. Ahora no solo somos exportadores de petróleo y frutas exóticas, sino que también nos hemos convertido en un fuerte exportador de divisas.
La confianza inversionista parece ser una política leonina donde los colombianos por un lado pierden y por el otro también; o mejor, parece como un juego de pirinola, en donde los colombianos ponemos todo y el capital extranjero toman todo. Esto lleva a afirmar que Colombia es el país del sagrado corazón, y no por lo religioso, sino porque en este país puede pasar de todo, donde el índice de Gini es del 0.57 (uno de los más elevados del mundo y que hace de este país uno de los más desiguales del globo), mientras que a la par, es el país más feliz del Mundo. Pero lo más interesante es que, como dice Robledo, «hay unos colombianos que han logrado distanciar su destino del de la nación» y a estos los erigimos como próceres, cuando la realidad es que son los causantes de esta comedia trágica nacional.
Colombia es un Macondo, un Macondo maravilloso que está perdido en el tiempo y que revive su historia como una colonia, donde creemos que seremos una potencia mundial a punta de banano, flores y petróleo, y en donde los intrépidos inversionistas y nuestros falaces gobernantes nos prometen a cambio de nuestras riquezas naturales bienes tecnológicos ¿no es acaso esto parecido a los esplendorosos espejos que daban los españoles a los indígenas en cambio de grandes cantidades de oro?
Y aunque esto parezca mágico para los ojos de muchos, es la realidad que vivimos millones de colombianos. Pero esta realidad tiene y debe cambiar, el sueño de muchos ha ido resquebrajando el entorno, y con gritos de desesperanza, se está diciendo ¡NO MÁS!, no más desigualdad, no más privilegios para unos pocos y miseria para los demás, no más opresión en nuestras mentes, no más mezquindad. Nuestros sueños y nuestras luchas nos llevaran a gritar LIBERTAD, una libertad para nuestra nación, una libertad para nuestro pueblo, una libertad para los que han de venir, y así poder decir que Colombia sí es un mágico Macondo.
“…preguntando iba atizando su propia ofuscación y sentía unos irreprimibles deseos de soltarse a despotricar como un forastero y de permitirse por fin un instante de rebeldía, el instante tantas veces anhelado y tantas veces aplazado de meterse la resignación por el fundamento y cagarse de una vez en todo y sacarse del corazón los infinitos montones de malas palabras que había tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad.”
Gabriel García Márquez
Cien años de Soledad

