Palabras de Wilson Sanmartín (Representante Estudiantil ante el Consejo Académico de la Universidad del Atlántico) en el día de la mujer 2013.

Una de las cosas más complejas, pero a la vez confortables para el hombre es precisamente tratar de describir de manera exacta a una mujer. Escritores y poetas de diversas épocas lo han tratado de hacer, encontrando resultados divergentes. La complejidad, esa enorme complejidad, se encuentra dada por el hecho mismo de que no se puede hacer de manera homogénea -ni siquiera a rasgos generales-, habida cuenta  de la magna cantidad de adjetivos que pueden dársele en los diversos aspectos de la vida, que pueden ser cientos, cuando no miles o millares, y  que parten desde su sola presencia, la cual es determinante en cada momento de las nuestras  y que de hecho ha conllevado a que hoy nos encontremos aquí, no solo por la  conmemoración de un día -que de por si es poco-, sino porque de ella derivamos nuestra propia existencia, sin ellas no estuviésemos acá.  Precisamente por esa complejidad y por el temor a quedarme corto, circunscribiré estas palabras a las mujeres a quienes le debemos este día.

Como no  recordar a las mujeres de ese fatídico 8 de marzo de 1857, a ellas, a quienes en el ejercicio de su dignidad, dieron un verdadero valor y sentido a la resistencia civil referida por Sófocles. Como no recordarlas, a ellas, a quienes contra fuego y viento, lucharon por la reivindicación de sus derechos,  a quienes dieron su vida por la vida misma.

Por ello, estas palabras van dirigidas a esas mujeres trabajadoras, valerosas, luchadoras, provechosas, echadas pa´ adelante, verracas. Sé que me he quedado corto en la adjetivación, pero solo es por cuestión de tiempo.

Me dirijo a ellas, a esas invisibles invencibles, que cada día se levantan con el propósito de cambiar la cara de este panorama desolador de este angustioso presente, las que luchan por una mañana mejor; a ellas, quienes llevaron a Juan Gelman a cometer la blasfemia de preguntarse ¿y si dios fuera mujer?

Un viejo adagio oriental reza que, “las mujeres sostienen en una mano la mitad del cielo” y ello es así, porque en la otra sostienen la tierra, esta tozuda realidad material, la del país que nos tocó en suerte, que les tocó en suerte, la de un mundo que no se ha ido al desbarrancadero precisamente por ellas. La realidad de un monstruo voraz que no ha logrado saciar  su sed de poder y codicia,  la  de un sistema que las quiere continuar sometiendo al destierro, a un ostracismo perverso y repudiable.

Hoy ese monstruo voraz quiere doblegarnos, quiere que desfallezcamos en nuestros esfuerzos, quiere acallarnos, pero, mientras a mi lado esté una mujer y mientras las mujeres continúen luchando, yo pienso seguir haciéndolo, no pienso renunciar a ello, no voy a callar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *